miércoles, 26 de junio de 2013

Tasas Chinas 2.17: Escuela

Les dejo el audio del programa del 25 de junio, acá y acá. Hablamos de educación y movilidad social en Argentina y América Latina con dos distinguidos expertos: Axel Rivas y Guillermo Cruces.

Playlist escolar, acá: Boards of Canada, Nirvana, Everything Everything, Supertramp, Steely Dan, Neil Hammond.




domingo, 23 de junio de 2013

Home (Tasas Chinas en Perfil)

(Publicada en el diario Perfil el 23 de junio de 2013).

En la película Hogar, de Ursula Meier, una familia vive en semi aislamiento en una casa rural al lado de una autopista inconclusa. Los hijos adolescentes juegan al futbol en el asfalto, el padre viene del trabajo con las compras, la madre cocina. Una familia feliz en su oasis postapocalíptico. Un día la autopista se completa y abre. El tránsito atraviesa el jardín de la casa, se vuelve más denso, ruidoso. Los conductores se detienen a observar a la hija adolescente tomando sol en bikini; en el ocasional embotellamiento, la gente se baja y conversa mientras observa los movimientos dentro de la casa. La familia se niega a partir, se encierra, tapia la

s ventanas con cemento, se descompone lentamente. El final sugiere que la familia abandona el hogar para recomponer su vida en otro lado. O no. El final es abierto. Viendo las fotos de Castelar, viendo al gobierno lidiar con la impotencia de una realidad que atraviesa el jardín del relato, recordé la expresión perpleja de Isabelle Huppert aguantando los trapos del hogar imposible. Una metáfora oscura del vivir con lo nuestro convertido en morir con lo nuestro.

Para quienes no conciben la idea de abandonar el hogar, la alternativa es la evasión. En un fallido tuit de la mañana de Castelar, contra un fondo de los bosques de Palermo, una celebrity oficialista escribía: “La mañana no puede estar más hermosa, qué suerte que en la ciudad existan espacios donde podemos imaginar que estamos lejos.” ¿Cuántos militantes de la década ganada comparten esta fuga? ¿Cuántos no militantes, acostumbrados al paraíso de servicios subsidiados y beneficios sociales de bolsillos profundos, presienten esta nostalgia por el Nirvana perdido? La imagen, rápidamente eliminada de la conciencia de tuiter, funciona como metáfora imperfecta de la ilusión convertida en alucinación. La nostalgia como miembro fantasma en la tanda de Futbol Para Todos, como representación fellinesca en Tecnópolis, como fantasía bucólica en los bosques de Palermo. (Puestos a especular, es probable que el tuit haya sido escrito y borrado no antes sino después de la noticia de Castelar; todos necesitamos alguna vez soltar lastre con una confesión, aunque sea efímera.)

Para quienes miran desde el asiento del acompañante, el dilema es el siguiente: ven que la situación política y económica se deteriora y no puede seguir así indefinidamente, pero intuyen que con un cambio en 2016 el escenario puede mejorar rápidamente. ¿Cómo llegamos de acá hasta allá? A muchos les cuesta imaginar dos años más de esta lenta atrición (bajo crecimiento, empleo en caída, inflación en alza, parálisis y paulatino desbande del Estado Mayor ante la inminencia de la derrota). Entonces conjeturan un final explosivo: la crisis "salvadora" que precede (y adelanta) el rebote. Como irse al descenso de una vez en lugar de bancarse la aritmética de los promedios todo un campeonato. Pero una crisis no sólo suele ser peor que cualquier lenta agonía sino que debería ser la excepción, el desenlace explosivo e inverosímil de un tanque de Hollywood, no el final abierto de una película francesa. La seguidilla histórica de crisis y recuperaciones nos dejó un déficit de atención: nos acostumbró a episodios breves y ruidosos y nos hizo poco tolerantes a los desarrollos pausados y sin final. El lento derrape es ansiógeno; nos lleva a manotear el remoto. La ubicua fantasía de la crisis es una forma del zapping.

En Brasil, un aumento de menos del 10% en el transporte urbano derivó en protestas masivas contra el sistema de transporte, la corrupción política, la criminalidad y el gasto en infraestructuras olímpicas a expensas de infraestructuras sociales y productivas. Como las protestas estudiantiles en Chile, las protestas en Brasil reflejan fenómenos complejos (por ejemplo, las expectativas de la nueva clase media en un país inflado mediáticamente) pero nos dicen algo de lo que nos espera cuando queramos resolver las enormes distorsiones a las que nos acostumbró la década pasada.

Entre la fascinación con el colapso inminente y la negación del inocultable deterioro, pocos mencionan el costo de resolver las asignaturas pendientes, o la obviedad de que hace tiempo estamos viviendo más allá de nuestras posibilidades y se nos acabaron los ahorros. Como si la autopista no juntara tráfico allá afuera. Como si no viviéramos todos en la misma casa.

martes, 18 de junio de 2013

Tasas Chinas 2.16: Zapping político

Audio del Tasas Chinas del martes 18, acá y acá. Charlamos con Sergio Berensztein sobre los dos octubres (2013 y 2015), los dos fallos (Corte Suprema sobre reforma judicial, y amparo contra el cepo) y sobre lo que nos dicen las protestas de Brasil sobre la tarea de sincerar tarifas en Argentina. De paso, pronósticos y presagios electorales de las listas que se definen este sábado. Y playlist roja: Tango Crash, Arctic Monkeys, TV on the Radio, Neko Case, Daid Sylvian.

jueves, 13 de junio de 2013

Trenes

Después de la inevitable indignación por la tragedia repetida, habrá que volver a discutir las razones del deterioro de los trenes sin perder de vista que las políticas públicas implican procesos largos (y, si no son apropiadas, costos diferidos y recuperaciones lentas). Para contribuir a este debate necesario, les dejo un extracto del capítulo 8 de Vamos por todo, donde tratamos de poner algo de perspectiva al tema.


Imaginemos el caso de un remisero. La compra del auto es una inversión. Por inversión nos referimos a la aplicación de un dinero ahorrado a lo largo del tiempo a un bien que permite extraer una renta. El auto, naturalmente, es el stock: un bien durable que presta servicios por muchos años. La renta es el flujo, que se compone de los ingresos del remisero menos los costos corrientes: nafta, seguro, mantenimiento, impuestos.

Como toda máquina, el automóvil envejece y comienza a dar problemas. Por ejemplo, deja al remisero en la calle cuando tiene un desperfecto, lo que a la vez incrementa su costo de mantenimiento (taller) y reduce sus prestaciones (no le permite trabajar, le hace perder tiempo en el taller). En algún punto la relación entre prestaciones y costo se invierte: la ingresos obtenido del stock no compensan los costos, y la renta desaparece o se vuelve negartiva. Más aún si hemos descuidado su mantenimiento, lo que acelera el envejecimiento. En ese momento, se impone el recambio del auto. Parte del dinero ahorrado durante la vida útil del vehículo se invierte en la diferencia entre el valor del usado y el de un modelo más nuevo. Este dinero ahorrado es lo que generalmente se denomina amortización.

Ahora supongamos que nuestro remisero se gasta el dinero del mantenimiento y de la amortización. Se sentirá más rico durante los años buenos del auto (tendrá una renta más alta), pero con el tiempo se llevará una decepción: el stock se ha depreciado y la renta se vuelve cada mes más magra, hasta que gasta más en reparar el auto de lo que saca trabajándolo. Se consumió el stock. Y no tiene nada ahorrado para el recambio.

Ahora extendamos la analogía a los casos que nos interesan. Por ejemplo, los trenes. Invertimos en el stock inicial (infraestructura y material rodante: vías, trenes, señales; talleres de reparación, trabajadores calificados) y concesionamos el servicio. Luego maximizamos la renta: congelamos tarifas y compensamos apenas lo necesario para pagar los costos corrientes (sueldos, mantenimiento mínimo) sin margen para la inversión ni para la amortización. De este modo, lo no gastado en mantenimiento y amortización se traslada (mediante una tarifa baja) al usuario, es decir, a la población que, feliz, se siente más rica. Hasta que el deterioro natural de las vías o los coches envejecidos reducen la calidad y la seguridad del servicio. Entonces nos preguntamos: ¿por qué no renovamos las vías y los coches? Porque nos comimos la renta y hoy no tenemos el dinero para hacerlo.

[…]

A diferencia de otros servicios públicos privatizados, el Estado nunca dejó de ser dueño de los trenes metropolitanos de pasajeros.[1] Difícil privatizar algo que da pérdidas recurrentes y estructurales. Por esta razón, el servicio suburbano fue concesionado (es decir, su gestión fue cedida transitoriamente) a operadores privados. Más específicamente: en una suerte de tercerización del problema del transporte, el Estado se comprometió a pagar por el déficit operativo de los trenes (la diferencia entre los ingresos por pasajeros y los costos de operación) así como por las inversiones apuntadas en el pliego (que no se licitaban sino que eran ejecutadas por los mismos concesionarios, y constituían un ingrediente importante del negocio privado). ¿Por qué? Presuntamente porque, más allá de sus aún inciertas virtudes de gestión, el concesionario tendría menos pruritos para lidiar con los aspectos políticos y sindicales del servicio.

El proceso de concesión fue largo (los pliegos se entregaron a fines de 1991, la concesión de completó a mediados de 1995), competitivo (se Estado dio las concesiones a quien pedía un subsidio menor) y distribuyó las 6 redes entre 4 empresas: Ferrovías del grupo EMEPA (Belgrano Norte), Metrovías del grupo Roggio (Urquiza, trenes subterráneos), TBA de los hermanos Cirigliano (Mitre y Sarmiento) y Metropolitano, del grupo Taselli (a cargo de Roca, San Martín y Belgrano Sur). Años más tarde, por deficiencias en el servicio, a este último le retirarían las concesiones, que pasarían a UGOFE, una unión de los tres concesionarios restantes.[2] La fiscalización de la calidad del servicio y el cumplimiento del Plan de Inversiones estipulado en el pliego de concesión quedó a cargo de un ente de fiscalización, que actualmente es la Comisión Nacional de Regulación del Transporte (CNRT)

Siguiendo el patrón de las apresuradas privatizaciones y concesiones menemistas, el cumplimiento del contrato fue, en el mejor de los casos, desparejo. Los contratos fueron rápidamente y continuamente renegociados, a partir de 1999 por el saliente gobierno menemista y luego por la administración de la Alianza, argumentando la necesidad de adaptar las normas a la mayor demanda, los mayores costos o, en 2001, ya inmersos en la crisis de la convertibilidad, por la dificultad del Estado de cumplir con los subsidios pactados.[3]

A partir de 2002 la situación cambió radicalmente: el decreto 2075/02 estableció la emergencia ferroviaria, suspendió la realización de inversiones y mejoras en el sistema, daba diez días a los concesionarios para presentar al gobierno un Plan de Emergencia y dejó sin efecto los aumentos tarifarios establecidos en renegociaciones previas.

Es cierto que la inversión pública en transporte se triplicó en la última década. Según un informe de CIPPEC, entre 2002 y 2009 la inversión real directa del sector público pasó del 0,15% del PBI en 2002 a casi el 0,7% en 2009. Con esto, el promedio anual fue casi tres veces superior al registrado entre 1993 y 2001. “El transporte explica más de dos tercios de la inversión pública y el 70% de la inversión real directa pública”, estimaban José Barbero y Lucio Castro en el informe.

Pero el trabajo también resalta su baja calidad y los problemas de sustentabilidad asociados al bajo nivel de mantenimiento de las obras realizadas. Y el peso declinante de la inversión de los concesionarios privados, que se redujo del 39% en 2002 al 2% en 2010 –resultado previsible en un contexto de congelamiento de tarifas y peajes y de debilitamiento de los marcos regulatorios. Por otro lado, una estimación hecha por los mismos autores indica que en la post convertibilidad se invirtió apenas el 10% de lo necesario para mantener el stock de los trenes metropolitanos. El 81% de la inversión pública en transporte fue a carreteras. Lo mismo surge de la evaluación del Subterráno de Buenos Aires preparada en 2012 por un equipo de expertos del Metro de Barcelona: la falta de inversiones relevantes en los últimos diez años comprometieron la seguridad.[4]

Esta dicotomía entre el privado en retirada y el estado que intenta remplazarlo con recursos insuficientes y mal administrados sigue el patrón característico de lo que sucedió con gran parte de la infraestructura. La diferencia entre primer y segundo kirchnerismo es tenue: si las consecuencias se vieron en los últimos años se debe, más que a un giro en las políticas aplicadas, al efecto acumulativo del desgaste, al lento envejecimiento que mencionábamos más arriba. Todo custodiado por la CNRT, “intervenida por el Poder Ejecutivo Nacional desde el 2001” y cooptada por sus empresas reguladas, donde priman “la falta de independencia y transparencia, así como la ausencia de una verdadera planificación de reestructuración”. [5]

A esta altura, es tentador pensar que el congelamiento de tarifas fue el factor determinante (y la excusa perfecta) para inhibir una inversión privada. Pero el subsidio al servicio público de transporte de pasajeros es más la regla que la excepción en el mundo: en casi todos lados el servicio pierde dinero pero ofrece un beneficio secundario al reducir la congestión del tránsito y el daño ambiental. Por eso se lo subsidia.

Por otro lado, hay razones para suponer que, aún sin congelamiento de tarifas ni subsidios, las inversiones necesarias probablemente tampoco se habrían materializado. Un informe del regulador (la CNRT) de 2002, poco después del congelamiento de tarifas, señalaba falencias en el 70% de los coches inspeccionados (en el 30% de estos casos, con riesgo de seguridad), en el 40% de los pasos a nivel, y en el 20% de los aparatos de cambio de vías. También señalaba la existencia de pasos peatonales no autorizados, y numerosas falencias en el mantenimiento del mantenimiento del material rodante y la infraestructura general de las vías. En otras palabras, una inversión insuficiente (ciertamente menor a la comprometida inicialmente) aún en los primeros años de la concesión, cuando las tarifas eran altas y el volumen transportado venía en aumento.

A pesar de una desoída intimación de Duhalde a los concesionarios para revertir esta situación de deterioro en 2002, ya en marzo de 2003, pasado lo peor de la crisis, una resolución de la Secretaría de Planificación (ascendida a Ministerio en mayo de 2003 por Néstor Kirchner) definía, sin mayores condicionamientos, el monto de los nuevos subsidios de explotación para el año, poniendo al sistema en una vía muerta que lo llevaría directamente a Once. Es que el nuevo esquema no difería mucho del anterior, pero era aún más modesto en sus aspiraciones: pagar lo mínimo para que el sistema no dejara de funcionar. El subsidio ya sólo cubría la diferencia, creciente de la mano de la inflación, entre el costo (del mantenimiento mínimo y las operaciones), en muchos casos inflado por el concesionario, y la tarifa congelada.

Los subisidios inicales fueron pequeños, pero subieron exponencialmente con el tiempo, de la mano de los costos. Hubo importantes incrementos de personal y sueldos, impulsados por el Ministerio de Trabajo. Como el mecanismo de pago de subsidios era tal que reconocía costos de personal de acuerdo con la dotación y los acuerdos salariales, los concesionarios no tenían incentivo alguno para contenerlos (después de todo, no era su dinero sino el del gobierno). Los gremios, menos aún. Por otro lado, las modalidades de cálculo del subsidio también se fueron volviendo más discrecionales, sobre todo las aplicadas a la UGOFE, la unión de operadores creada de urgencia para sustituir al defenestrado grupo Taselli. Así, los subsidios al transporte fueron engordando como una bola de nieve.

La tarifa subsidiada seguramente jugó un rol en la creación de este círculo vicioso de costos inflados, lento desvencijamiento del servicio y declinantes estándares de seguridad. Pero nada de esto habría sido posible sin la participación directa del gobierno, a través de la cooptación de las entidades encargadas de fiscalizar el uso de los subsidios y las condiciones del servicio. ¿Cómo se explica, si no, que nunca se haya cobrado una multa por incumplimiento de contrato, y que en los pocos casos en que se revocó la concesión haya sido tras algún escándalo mediático como los disturbios en Constitución o la tragedia de Once?

Entonces, ¿quiénes fueron los culpables de Once? Tal vez no totalmente pero en gran medida, fueron la desidia o la corrupción de los funcionarios responsables.[6]

[…]

En 1989, cuando Néstor Kirchner lanzó su campaña para la gobernación, el agrimensor cordobés Ricardo Jaime fue uno de los militantes que apoyó su postulación recorriendo el norte santacruceño en busca de votos. Cuando Kirchner asume en diciembre de 1991, lo designa como Ministro Secretario General de la Gobernación (hasta 1996) y, ya en el segundo mandato, Director del Consejo Provincial de Educación, a cargo del traspaso de las escuelas nacionales a la provincia y de la implementación del Tercer Ciclo de la EGB. A fines de 1999, Jaime vuelve a Córdoba como viceministro de Educación de De la Sota, hasta que, en mayo de 2003, Kirchner lo nombra secretario de Transporte de la Nación, desde donde reporta directamente al Presidente (puenteando al ministro de Planificación, Julio De Vido, su superior directo) y reparte mensualmente subsidios a empresas de colectivos y concesionarias de trenes para compensar el congelamiento de tarifas. Decide también qué obras se realizan en trenes y vías.

"Todo lo que hacía Jaime lo sabía el ex presidente de la Nación [Néstor Kirchner]", decía Ricardo Cirielli, ex Nº 2 del ex secretario de Transporte; Jaime “siembre andaba en el filo de la ley o fuera de ella".[7] Cuando en 2005 pensaron por primera vez en desprenderse de Jaime, éste mandó un mensaje por medio de los diarios: “Con Kirchner somos amigos desde hace más de veinte años. Me puede pedir cualquier cosa, menos que renuncie. Primero tendríamos que tomar un café con Néstor.” [8] Para agosto de 2008 ya contaba con 20 denuncias de corrupción, entre ellas 5 por malversación de fondos públicos relacionada a la distribución de subsidios (entre ellas, una del fiscal nacional de investigaciones, Manuel Garrido, por dádivas de empresas presuntamente controladas por él). Sólo lo dejaron ir después de la derrota del gobierno en las elecciones legislativas de 2009.

Así, con el fastidioso problema del stock barrido bajo la alfombra y con el zorro vigilando a las gallinas, no sorprende que, tras varias advertencias, la factura acumulada nos sacudiera en 2012 con 51 muertes.

Jaime sería reemplazado por Juan Pablo Schiavi, ingeniero agrónomo, militante de la Juventud Peronista y amigo de Die Vido, que renunciaría tras la tragedia de Once, el 7 de marzo de 2012, alegando "estrictas razones de salud" luego de una intervención cardiovascular. Actualmente están procesados por la tragedia de Once tanto Schiavi como Jaime, así como los dueños de TBA, Claudio y Mario Cirigliano, los interventores de la CNRT, y otros siete ex funcionarios públicos y directivos de TBA.

Schiavi sería a su vez reemplazado por un funcionario sin experiencia previa en el rubro: Alejandro Ramos, intendente de Granadero Baigorria en la provincia de Santa Fe. Un político incondicional, un “hombre del proyecto”.[9]

____________________

[1] Los trenes de carga también fueron concesionados, por otras razones. El principal obstáculo fue jurídico. Para transferir la propiedad de los activos habría sido necesario modificar la centenaria ley de ferrocarriles, con una carga emotiva a la que ni siquiera el Menem de los primeros años se le animó, y que difícilmente habría sido aprobada por el Congreso. Por otro lado, una privatización probablemente no habría sido conveniente, ahora sí por razones de rentabilidad: la inversión necesaria para renovar la infraestructura excede el flujo de fondos de un operador privado. Por eso, en América Latina (por ejemplo, en México, Brasil, Colombia o Perú) se ha optado por la concesión en los ferrocarriles de carga. Sólo en Chile, en la época de Pinochet, privatizaron los ferrocarriles del norte, dedicados a la logística de la minería.

[2] A Metropolitana le retirarían la concesión del San Martín en 2004, y las del Roca y Belgrano Sur en 2007, tras una violenta protesta de pasajeros en Constitución. En ambos casos, por no cumplir con las “condiciones de calidad, confort y seguridad”. Ver: “Kirchner le quitó la concesión de trenes a Metropolitano”, La Nación, 25/02/2012. 
[3] Para un racconto de la renegociación sin fin de las concesiones ferroviarias, ver http://www.eumed.net/cursecon/ecolat/ar/2012/vp.html 
[4] “Auditores españoles del subte: "No han existido inversiones en los últimos diez años"”, La Nación, 30/12/2012. 
[5] “Transporte sin control, usuarios indefensos”, Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia (ACIJ), noviembre de 2011. Enn: http://acij.org.ar/wp-content/uploads/ACIJ_-_Transporte_sin_control,_usuarios_indefensos.pdf Cabe destacar que hasta la CNRT advirtió a Schiavi (en nota de marzo de 2011) sobre el “pronunciado déficit de mantenimiento” y las “fallas preocupantes desde el punto de vista de la seguridad". Sin embargo, poco y nada dijo sobre los incumplimientos del Estado en lo referido a las postergadas inversiones en vías, señalamiento, telecomunicaciones o tendido eléctrico. 

[6] Vale mencionar que el conflicto de los concesionarios de trenes con trabajadores tercerizados por miembros de la Unión Ferroviaria –que dio lugar a la protesta del 20 de octubre de 2008 donde fuera asesinado Mariano Ferreyra– es también parte del laberinto de oscuros subsidios ferroviarios bajo la complacencia o connivencia del gobierno.

[7] “Para Cirielli, "Néstor Kirchner siempre supo lo que hacía Ricardo Jaime"”, Cadena3.com, 13/04/2010.
[8] “Ricardo Cirielli, el hombre que hace temblar a Jaime”, Perfil, 02/09/08. 
[9] “Sos un hombre del proyecto. Sos un hombre de ideas y seguimos las instrucciones de la Presidenta.” Así lo presentaba De Vido en el acto en el que tomó juramento a Alejandro Ramos. “Un dirigente joven para abrir una nueva etapa”, Miradas al Sur, 11/03/2012.

martes, 11 de junio de 2013

Tasas Chinas 2.15: El episodio de la cajera

Audio del Tasas Chinas del martes 12. Un reinterpretación del episodio de la cajera y Martín Sivak sobre su libro sobre Clarín, acá y acá.

Soundtrack negro: Gill Scott Heron, Salif Keita, Milton Nascimento, Marvin Gaye y Erikah Badu & Stephen Marley, más algunas yapas.

La transcripción de la introducción, acá abajo:

En el supermercado hay militantes con pecheras mirando y cuidando precios. La cajera, sin dejar de pasar artículos por el scanner, comenta: “Ojalá encuentren muchos precios altos y los hagan mierda a esos hijos de puta”. Este episodio encapsula tres aspectos de la década futura que nos deja la década pasada. El primer aspecto es de contexto: la inflación, sin la cual no hablaríamos de subas de precios con tanta concentración y vehemencia. El segundo aspecto es de contenido: el revisionismo militante, que atribuye la inflación a “esos hijos de puta”. El tercer aspecto es de registro: la respuesta, a un paso del odio propio de un estado en guerra u ocupación, cierra toda posibilidad de discusión. Más allá de las bondades terapéuticas del ocasional brote catártico, para bajar la inflación (y para reparar el resto de los errores que hoy nos alejan del desarrollo) habrá que volver a debatir la realidad sin prejuicios ni agresiones. Dejar de agredirnos por dos años.

Esto decía, en síntesis, mi columna de Tasas Chinas publicada en Perfil el sábado pasado. La anécdota de la cajera era, valga la redundancia, anecdótica. Sin embargo, muchos leyeron en la puteada un relejo de las condiciones laborales en los supermercados. La victoria o derrota cultural a la que hacía referencia la columna no se relaciona con el enojo de la cajera sino con su creencia de que la inflación es culpa de los formadores de precios: los oligopolios: los grandes empresas y los grandes sindicatos.

¿Qué te hace pensar que la cajera cree eso? Me preguntaba por tuiter un kirchnerista. Y tiene razón: es posible que la cajera sólo esté expresando su bronca con el patrón explotador. Pero esto abre la puerta a un escenario distinto al sugerido por la columna. Menos halagador. El de un país en el que una trabajadora, desprotegida por su sindicato y por el ministerio de Trabajo, debe conformarse con delegar el castigo de la injusticia social a militantes autoconvocados. Un país de indignación desintermediada. Un país sin Estado.

¿Cuánto ahorró el gobierno con la subestimación de la inflación?

Uno de los argumentos (a mi juicio, accesorio) de la intervención del INDEC fue la reducción de los pagos de la deuda pública indexada al CER. En relación a esto, les dejo algunos comentarios sobre el tema que incluímos en el segundo capítulo del libro "Vamos por todo".   

¿Cuánto ahorró y cuánto perdió el Estado dibujando la inflación? El cálculo del ahorro efectivamente percibido por el gobierno a raíz de la subestimación del IPC es complicado porque parte de la deuda indexada es con el propio estado (o sea que lo que deja de pagar por un lado lo deja de cobrar por el otro). Y porque la mayor parte del ahorro no es en el pago de intereses hoy, sino en el pago del capital mañana. Un mañana lejano e incierto.

Aquí cabe puntualizar que esta deuda consigo mismo se incrementó con el tiempo, ya que una parte importante de los bonos indexados a la inflación formaba parte de los fondos de pensión (administrados por las AFJP) que fueron estatizados en octubre de 2008. En otras palabras, parte de lo ahorrado por esta deuda se tradujo en menos dinero acumulado por los fondos de pensión en un stock que en última instancia pasó a engrosar las arcas del mismo gobierno. Más simple aún: lo que el gobierno pagó (y paga) por estos bonos es dinero que se pagó (o paga) a sí mismo, cancelando sus efectos fiscales.

¿Cuánto se dejó de pagar? Esto, que a primera vista puede sonar trivial (¿no es lo que se ahorró igual a lo que se dejó de pagar?) lo es menos si tomamos en cuenta cómo funciona la indexación de un bono. Veamos un ejemplo sencillo. Imaginemos que debemos 100 pesos indexados por inflación (que se pagan, digamos en 10 años) con una tasa de interés del 5% anual. Si la inflación de este año es 20%, a fin de año el capital indexado es 20% más alto: 120 pesos, y el bono paga el 5% de 120: 6 pesos. Si el INDEC, en cambio, reporta una inflación del 10%, el capital a fin de año es de 110 y el interés del 5% es algo menor: 5.5. ¿Cuánto deje de pagar por el recorte en la inflación? La diferencia en intereses pagados: 6 pesos menos 5.5 pesos, o sea apenas 0.5 pesos. ¿Cuánto ahorré? Mucho más. A la diferencia de intereses mencionada hay que agregarle el ahorro en el capital que debería pagar al vencimiento: 120 pesos menos 110 pesos = 10 pesos. Lo que llama la atención de este cálculo, más allá del resultado final, es que, con bonos de maduración lenta como es el caso de los bonos del canje de deuda de 2005, casi todo el ahorro es “devengado”, es decir, se efectiviza en un futuro lejano beneficiando a un gobierno lejano. Así, si corregimos por el hecho de que parte del ahorro es diferido en el tiempo, y que parte de lo que se dejó de pagar a los fondos de pensión fue la contracara de un menor ingreso del Estado, los beneficios fiscales de la manipulación del IPC percibidos en estos años son relativamente pequeños. [1]

En cuanto a lo ahorrado en términos de la reducción del stock de deuda indexada (el ahorro acumulado a ser percibido en el futuro) cualquier cómputo sería especulativo ya que dependería del futuro de la intervención. Por ejemplo, si algún gobierno desanduviera el camino iniciado en febrero de 2007 y llevara el IPC a su verdadero nivel, lo “ahorrado” con la manipulación en la capitalización del CER se perdería, ya que el recorte de la inflación pasada sería de algún modo repuesto al índice –una opción, vale aclarar, que parece a estas alturas improbable.[2]

En todo caso, el ahorro en pagos del Tesoro no justifica las pérdidas que el episodio del INDEC ocasionó a la economía: por ejemplo, la primera emisión de deuda post INDEC llegó a pagar una tasa del 15% en la colocación directa al gobierno de  Venezuela del Boden 15. Esto sin contar el sinnúmero de consecuencias socioeconómicas negativas asociadas a la continua subestimación de la inflación y la destrucción de información.




[1] La excepción a esta regla fue el mencionado Bogar 18, que amortizaba mensualmente. Además, hay que decir que en agosto de 2009 una fracción importante de bonos en pesos indexados por otros denominados en pesos nominales (esto es, sin indexación). De este modo, el ahorro devengado, asociado a la reducción del capital, se tradujo en ahorro realizado a través de una emisión menor de nuevos bonos, reduciendo a la vez el stock de deuda licuable por la manipulación del INDEC.
[2] Más factible sería un nuevo índice (por ejemplo, el muchas veces anunciado y aún no implementado un  IPC nacional) asociado a una nueva canasta de bienes y servicios (medida no sólo en el GBA como hasta ahora sino en los centros urbanos de todo el país) que le permitiera al gobierno medir correctamente la inflación hacia adelante sin modificar la inflación hacia atrás. Naturalmente, un nuevo índice no evitaría el costo político de transparentar el deterioro de indicadores sociales básicos como pobreza e indigencia, asociados a un nivel en el precio de una canasta básica que sería sensiblemente superior a la que reporta actualmente el INDEC.

domingo, 9 de junio de 2013

El episodio de la cajera

(Publicada el 8 de junio en diario Perfil.)

En el supermercado hay militantes con pecheras mirando y cuidando precios. La cajera, sin dejar de pasar artículos por el scanner, comenta: “Ojalá encuentren muchos precios altos y los hagan mierda a esos hijos de puta”. Este episodio, sumariamente relatado el otro día en Twitter, encapsula tres aspectos de esta década futura que nos deja la década pasada.

El primer aspecto es de contexto: la inflación, sin la cual no hablaríamos de subas de precios –al menos no con tanta concentración y vehemencia. La inflación es tan protagonista de nuestra historia reciente como su némesis, la dolarización. La crisis de la convertibilidad de 2001 fue en gran medida el efecto secundario y diferido de empastillarse con el dólar para bajar la fiebre de precios. Que después de eliminar la inflación, al costo de una década de convertibilidad coronada por una crisis terminal, la hayamos reciclado en esta reliquia jurásica que despierta este deseo uniformado de vigilar y castigar dice mucho de nuestros problemas de aprendizaje.

El segundo aspecto es de contenido: el revisionismo militante, que atribuye la inflación a “esos hijos de puta”. Lejos de indagar en las raíces familiares de los supermercadistas, la respuesta refleja la victoria cultural (o la derrota cultural, según se mire) de un relato que logró imponer cuentos folclóricos como verdades económicas. ¿Se trata de una conciencia “ganada” en la década pasada, o de una creencia ancestral y latente que la retórica del gobierno sólo legitimó y liberó de prejuicios? ¿Desde cuándo pensamos que el karma de que el desarrollo nos eluda es, parafraseando el eslogan oficial, la culpa del otro? Esta conveniente proyección de responsabilidades (prima cercana de “el mundo se nos cayó encima” o de “la corrupción es un proceso global”) nos condena a una complacencia paralizante. (Aclaremos: decir que la culpa de la inflación es de los formadores de precios –es decir, de las grandes empresas y los grandes sindicatos– es desconocer que no había inflación pero sí formadores de precios al inicio del gobierno kirchnerista, o que los hay en la mayoría de los países del mundo con baja inflación. Es también desconocer el rol de las políticas públicas, desplazándolo hacia afuera del gobierno: si la inflación no baja es a pesar de las políticas. La solución: nada de moderación monetaria y manejo de expectativas; palo a los supermercados.)

El tercer aspecto es de registro: con la misma liviandad con la que un troll insulta anónimamente y con muchos signos de admiración en las redes sociales o en los medios digitales, la cajera lo hace, sin inmutarse, en la cara de un perfecto extraño. La respuesta está a un paso del odio propio de un estado en guerra u ocupación, y hace ruido con un tema tan banal como el aumento del precio de la leche. Pero, sobre todo, cierra toda posibilidad de discusión. Al alejarme de la caja traté de imaginar cuál habría sido la reacción de la cajera si le hubiera mencionado algunos de los puntos de los dos párrafos anteriores: ¿me habría mirado con el mismo afecto con el que recuerda a sus empleadores, me habría identificado con ellos, o con los medios oligopólicos que pregonan estas ideas reaccionarias? ¿Me habría escuchado? (Aclaremos: la lógica amigo-enemigo patrocinada por trasnochados intelectuales de estado es una relación de equivalencia; algunos de los que putean a los Kirchner probablemente se indignarían, de forma simétrica, ante un pedido de moderación verbal –o al leer esta columna.)

El episodio nos habla menos de la década pasada que de la futura que empieza cada día; del esfuerzo pedagógico necesario para desandar este camino que hoy nos encuentra atrincherados, discutiendo verdades inventadas a las puteadas. Más allá de las bondades terapéuticas del ocasional brote catártico, para bajar la inflación (y para reparar el resto de los errores que hoy nos alejan del desarrollo) habrá que volver a debatir la realidad sin prejuicios ni agresiones. Bajar un cambio, dejar de agredirnos por dos años. O por diez.

viernes, 31 de mayo de 2013

Sobre asignaciones, derechos y concesiones

A raíz de un nuevo anuncio de actualización de la Asignación Universal por Hijo (AUH) para compensar la licuación por inflación, reproduzco un párrafo del capítulo 8 de "Vamos por todo" que resume algunas ideas varias veces tratadas en este blog:

Alguien podría a esta altura sugerir que es precisamente por su visibilidad y su margen de discrecionalidad que los gobiernos, siempre propensos al anuncio y al clientelismo, priorizan los planes de viviendas por sobre los menos rimbombantes préstamos de autoconstrucción. Después de todo, programas como Sueños Compartidos permitieron la personalización de la dádiva: al igual que la entrega de netbooks o los aumentos discrecionales de asignaciones universales por hijo o jubilaciones mínimas, los “planes" maximizan el número de fotos proselitistas.

Cada nuevo anuncio o entrega de viviendas nos recuerda la generosidad del gobierno. Y al hacerlo, menoscaban a la protección social como derecho. Precisamente, un costo de convertir a la protección social en dádiva es que despersonalizan al receptor. A diferencia de un derecho, que está íntimamente ligado al ciudadano individual, el receptor de la dádiva es aleatorio, circunstancial y, en última instancia, condicionado por su relación con el poder. En la medida en que el gobierno se arroga el derecho a dar, le quita al ciudadano el derecho a recibir.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Tasas Chinas 2.14: Sobrecargado


Audio del programa del martes 28, acá y acá. Ballard y Bruna Surfistinha, y charla con Esteban Brennan y Pía Mancini sobre internet y política. DJ invitada: Mercedes
D´Alessandro.

Soundtrack: King Crimson, Brian Eno, Ney Matogrosso, Gal Costa, The Beloved, Arcade Fire, !!!, Amparanoia, Blur.

domingo, 26 de mayo de 2013

La ideología del dólar

(Columna publicada el 26 de mayo de 2013 en La Nación)

"Para los tiempos que vienen hay que garantizar un dólar competitivo" (Néstor Kirchner, junio de 2007). “Los que pretendan ganar plata a costa de una devaluación que tenga que pagar el pueblo van a tener que esperar a otro gobierno” (Cristina Kirchner, mayo de 2013).

En 2007, una apreciación para contener la inflación era el sueño conservador de neoliberales noventistas. En 2013, una depreciación para aligerar la fuga de capitales y acelerar la economía es el sueño conservador de sectores concentrados (y, por qué no, de neoliberales noventistas). Así, en 6 años el dólar alto mutó de factor de desarrollo a fantasma destituyente. ¿Cómo reconciliar este derrotero accidentado dentro de un mismo relato oficial?

Más allá del oportunismo habitual del discurso político (el dólar alto era bueno cuando al gobierno le sobraban pesos para comprarlos, pero es malo ahora que le faltan y prefiere comprar a precio subsidiado), esta aparente contradicción se funda en un dilema no trivial en el debate económico: el dólar alto es expansivo (facilita exportaciones, sustituye importaciones, genera empleo) a cambio de reducir costos (incluyendo, aunque no exclusivamente, el salario). Y viceversa: el dólar bajo genera salarios altos en dólares, y desempleo. Como pocas cosas deterioran la equidad distributiva tanto como el desempleo, los países suelen tolerar un tipo de cambio más apreciado sólo a medida que ganan la productividad que compense estos mayores costos.

¿Por qué los mismos que criticaban (y critican) aquel uno a uno apreciado hoy defienden este dólar controlado con cepo? Porque (podría decirse, a partir de los dichos de funcionarios y exégetas oficiales) una depreciación premiaría la especulación transfiriendo ingresos a los capitalistas a expensas del salario real.

El problema con este argumento es que no es enteramente falso ni enteramente cierto. La devaluación suele ser, en efecto, una transferencia regresiva hacia los que más tienen, que suelen ser a su vez los que más ahorran e invierten. Sólo así se entiende la rápida recuperación del producto tras la salida de la convertibilidad y la igualmente rápida recuperación del empleo –impulsados ambos por inversiones fondeadas a su vez con ganancias extraordinarias de empresas con deudas y servicios y salarios licuados, o por el redoblado poder de compra de los dólares fugados con el uno a uno.

Así, el dólar alto, regresivo pero inclusivo, aportó una parte no menor de la bonanza del primer kirchnerismo, transfiriendo ingresos y, más adelante, garantizando la rentabilidad de empresas sustitutivas de importaciones –lo que explica en parte por qué hoy un jean cuesta “10 o 15 dólares en Estados Unidos y 50 en Argentina” (Guillermo Moreno dixit). Por eso siempre hubo en la defensa kirchnerista del dólar competitivo algo que hacía ruido en el relato y que hoy sale a la luz en la prédica antidevaluacionista: la semejanza con la hipótesis del derrame (esa que sostenía que la rentabilidad empresaria se “derrama” en empleo y mejores salarios) defendida por el neoliberalismo de pedigrí ochentista.

Pero la historia completa es, como siempre, más compleja. Para empezar, la transferencia a los ricos no vale tanto para el ingreso (de hecho, curiosamente, hay estudios que encuentran que la distribución mejoró en algunas crisis financieras) como para la riqueza –en particular, la del gran ahorrista dolarizado.

Por otro lado, el temor a la licuación salarial se basa en la creencia de que toda depreciación se traslada a precios. Pero esta creencia es hoy en gran medida una reliquia de cuando la inflación crónica nos condenó a la indexación al dólar; como quedó demostrado en el país en 2009 (y en la mayoría de las depreciaciones en economías emergentes en las últimos dos décadas), el traslado a precios puede ser en la práctica bastante menor, atenuado aun más por el hecho de que una depreciación suele acompañar episodios de desaceleración económica.

Tampoco conviene perder de vista que la comparación relevante no es entre dólar bajo y dólar alto hoy sino mañana: ¿cuál sería el costo en términos de desempleo y salarios de extenderse esta política de dólar bajo por otros dos años?

Entonces: ¿el dólar bajo es de derecha o de izquierda? La respuesta corta (y deliberadamente simplista) es que es de izquierda en el corto plazo (mientras preserva la ilusión de salarios altos en dólares) y de derecha en el largo (cuando destruye empleo).

Una respuesta apenas más elaborada señalaría que el dólar (es decir, el tipo de cambio) es un instrumento anticíclico efectivo dentro de ciertos límites, en línea con la práctica de flotación administrada común en países como el nuestro.
Fijar un tipo de cambio exageradamente alto por mucho tiempo genera un costo cuasi fiscal (asociado a la compra esterilizada de divisas, con perdón del tecnicismo). O, si el gobierno se rehúsa a pagar este costo, genera inflación. Pero fijarlo exageradamente bajo por mucho tiempo es pan para hoy y hambre para mañana, en la medida en que castiga el crecimiento y el empleo y desestabiliza la economía. ¿Qué mejor ejemplo del sesgo destituyente del dólar bajo que el colapso de la Alianza?

miércoles, 22 de mayo de 2013

Tasas Chinas 2.13: El club de los Cinco

Audio del programa de ayer, acá y acá. Jesús Rodriguez sobre política y señales de vida radical, y el debut recitativo de Kari Solano.

Soundrack acá: Cujo, Simple Minds, Jaime Roos, Joni Mitchell, Supertramp, Kings of Convenience & Feist (más un pequeño sampler de pop escandinavo de yapa).

"Cuando el 4 de abril y el 25 de mayo e 2002 Francella recuperó cerca de 720 mil dólares en depósitos atrapados en el corralito, gracias a un amparo, la gente lo saludaba por la calle: ¡Grande Francella! Hoy, once años después, el perfil en Tuiter de una periodista de Estado lee: Periodista Nac & Pop en Duro de Domar, Ni a palos, Radio Nacional y Canal Encuentro. ¡Grande Julia! la saludan los militantes por la calle y Julia les sonríe una sonrisa millonaria..."

lunes, 20 de mayo de 2013

Escritura automática


Columna de la series Tasas Chinas publicada el 19 de mayo en Perfil. Con referencias anotadas en hiperlinks.

La era del yuyo ha entrado en su etapa búsqueda del tesoro. Auscultamos los libros de los escribas de estado para encontrar la huella del pirata. Extendemos los planos sobre la mesa de fórmica del estudio de televisión en busca de la bóveda oculta, de la guarida que cobija el botín dorado. Sólo que, a diferencia del de Spielberg, el guión de esta última cruzada no promete piedras preciosas y santos griales sino pirámides de ladrillos verdes de moho enterrados bajo tierra u oscuras entradas contables y asientos electrónicos en exóticas islas del Caribe. Como la carta robada de Poe, el tesoro mejor guardado está guardado cerca de casa, en el lugar más obvio, el menos pensado. Allí donde en noches de tormenta se lo puede acariciar y pesar sin dejar de combatir al capital.

Mientras miran de reojo el refugio patagónico, los relatores entran gozosos en la estapa de la escritura automática. Es el monopolio el que demoniza a los pobres evasores en fuga, víctimas de gobiernos atroces. No neguemos la realidad: cuando Juan de Garay fundó esta ciudad de pobres corazones macristas, los nativos mal llamados indios ya ahorraban en dólares. ¿Acaso debían ahorrar en una moneda que llevaba impresa la cara de quien los aniquilaría tres siglos más tarde? Redimamos pues a las dolarizadas víctimas de la usura neoliberal lavando sus pies en CEDIN. Ya lo decía Ezra Pound (poeta denominado en moneda fuerte): “Con usura no hay paraíso pintado para el hombre en los muros de su iglesia”. Recibamos en nuestro seno a los pródigos tránsfugas, mientras expoliamos a los pobres trabajadores pesificados, que de ellos es el reino del modelo.

Así, asediado por la realidad, el relato se transfigura en un cadáver exquisito de consignas recombinadas aleatoriamente como una carta abierta. Los apóstoles, antes de salir a evangelizar, repasan los retoques de última hora del guión. Miran al líder que, sin devolverles las miradas, dicta: a partir de hoy, el lenguaje oficial será el sueco, los ciudadanos deberán cambiarse los calzoncillos cada media hora, los niños de menos de 16 años tendrán todos 16 años y toda inflación mayor al 10% será del 10%. Hay algo conmovedor en el gesto perplejo con el que los seguidores interrogan el giro inverosímil, en el instante de duda antes del aplauso y la ovación.

El cadaver exquisito beberá el vino jóven (decía el primer cadáver exquisito).

El relato reversiona su propio relato. Documenta la historia del líder dos veces, primero como farsa, luego como tragedia. Proyecta las dos versiones a pantalla dividida en el prime time del canal Encuentro, mientras los fieles, con lágrimas de éxtasis militante, sueñan ovejas con pecheras azules.

Espejo replegado sobre sí mismo (escribía, automáticamente, Tristan Tzara).

En el matancero Congreso por la Democratización de la Justicia Cristina nos habla de “la primera gran ecuación” que conforman “justicia y seguridad, íntimamente vinculadas con fenómenos contemporáneos como el narcotráfico” y planta así en nuestras impresionables cabezas imágenes de jueces asaltando arma en mano a adolescentes de vuelta del boliche, u ocultando bolsas de dinero narco en oscuros pasillos tribunalicios.

Veo esa balanza perpetuamente enloquecida (André Breton seguramente se refería a alguna otra cosa, como siempre pasa con las vanguardias).

Los dioses han condenado a la Argentina a empujar una roca hasta la cima de la montaña, desde donde volverá a caer por su propio peso. Los dioses han pensado que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza. Pero la hora del descenso al pie de la montaña es la hora de la conciencia. ¿En qué consiste el castigo si a cada paso nos sostiene la esperanza de conseguir un propósito? Argentina, proletaria de los dioses, conoce la magnitud de su condición miserable: en ella piensa durante el descenso. La clarividencia que debía constituir su tormento consuma al mismo tiempo su victoria. El esfuerzo mismo para llegar a la cima basta para llenar su corazón. Hay que imaginarse una Argentina dichosa.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Tasas Chinas 2.12: Lavemos en CEDIN los pies del pródigo evasor

Les dejo el audio de los tres bloques del programa del martes 14 acáacá y acá. Leemos a Federico Peralta Ramos y a Edgardo Cozarinski, y charlamos sobre el CEDIN, las tasas de interés y Moreno sobre el INDEK. 

Soundtrack: Stereolab, Noir Desir, El Chavez, Michael Danna, Jovanotti, Delgados, Chromatics.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Tasas Chinas 2.11: Mitos argentinos

Audio del programa del 6 de mayo, en tres bloques, acá, acá y acá.

Y Milagros nos lee su Poema de amor a Juan Román Riquelme, enlazado con el poema de los magos de Jorge de la Vega en versión de Federico Peralta Ramos.

Luego charlamos con Marcelo Larraquy sobre la violencia en los 70 y del libro (Los 70) que acaba de publicar sobre el tema.

Y sobre el final Olivera nos desazna sobre el fin del capitalismo. Soundtrack completo, acá

domingo, 5 de mayo de 2013

La nostalgia es el final de todo (Tasas Chinas en Perfil)

(Publicada el 5 de mayo de 2013 en Diario Perfil)

“Bennie recordaba a su mentor, Lou Kline, diciéndole en los 90 que el rock había llegado a su epígono con el Monterrey Pop. Estaban en la casa de Lou en LA, con sus cascadas y las muchachas hermosas que Lou siempre tenía cerca y su colección de autos al frente, y Bennie lo había mirado y había pensado: Estás acabado; la nostalgia es el final de todo, todo el mundo lo sabe.” En la novela de Jennifer Egan, Bennie se lamenta de su propia nostalgia de cuando producir música era hacer música, era creer en el poder transformador de la música –aunque el poder transformador de la música (o del cine o de la literatura) nunca haya sido tan grande como supusieron sus creadores. Bennie se lamenta de su propia nostalgia condenando la de su mentor. Se lamenta de haber perdido la capacidad de creer en lo que hace.

La política argentina se muere de nostalgia. Se debate en la guerra de las décadas (sesentistas contra noventistas, setentistas contra ochentistas), vela a presidentes muertos envuelta en banderas desteñidas. ¿Qué nombre identificará a las décadas del nuevo milenio? Argentina huyó del incendio de la crisis en un auto ensamblado de urgencia por Duhalde a principios de 2002; Néstor tomó la posta sin pasar por el service pisándolo a fondo e ilusionándose con la velocidad con la que se alejaba del fuego. ¿Qué nombre le pondremos a estos 10 años de tasas chinas y capitalismo de amigos y políticas de hilo y alambre? ¿Kirchnerismo? ¿Duhaldismo tardío, exacerbado, necesitado de un nuevo corazón o de una transfusión de sangre? ¿Panperonismo transgénico?

La política argentina se muere de nostalgia. Busca en el pasado para zafar de un presente en el que, con el motor ahogado, vemos cómo nos pasa el pelotón que creíamos liderar. Mira a boxes, convoca a marcha y festival de apoyo, circula manifiestos e insiste con la #decadaganada, el revival noventista o las saudades ferroviarias.

La nostalgia es el fin de la política. ¿Qué hace falta para un recambio de rostros y de ideas? ¿Es absolutamente necesario discutir qué capitalismo queremos como si todavía estuviéramos cursando Sociedad y Estado en el CBC? Personalmente, me bastaría un capitalismo que creciera y fondeara la redistribución de ingreso y de la riqueza sin que se la llevaran con pala los amigos. Me bastaría dejar por un rato de historiar las oportunidades perdidas como si tuviéramos todo el tiempo del mundo, para comenzar a desandarlas con algo más concreto que un decálogo de buenas intenciones.

¿Cómo llamaremos a ésta época, la próxima, la que mañana o en octubre o dentro de treinta meses genere el comienzo de una nueva ilusión? Habrá que ponerle un nombre cuanto antes para salir de la huella en el barro y espantar la nostalgia. Un nombre que no nos congele en el tiempo, que nos obligue a pensar fuera del cajón de incunables y viejas fotografías que nos demora en el desván.

Aristóteles, cuenta Héctor Leis en su “Testamento de los años 70”, postuló el concepto de philia (amor fraterno) como cemento de la comunidad política. Son pocas las comunidades políticas donde la philia está más ausente que en la argentina, dice Leis, la distinción amigo-enemigo atraviesa toda la vida política, y sus actores tienden a enfatizar el lado enemigo. Políticos facciosos, plagados de mutuas asignaturas pendientes, políticos phobicos.

Propongo un programa abierto y voluntario de desconstrucción ideológica anaeróbica: los nostálgicos salen a la calle y arman su club de la pelea y se pelean todos contra todos hasta ajustar cuentas con el pasado y después de sacarse las ganas a los golpes se retiran o se tiran al piso, los cuerpos azules pero livianos, a pensar otra política que sea más que una industria de trabajadores poco calificados capaces de cerrar con cualquiera para no perder el conchavo o una organización de fund raising vendiendo asientos preferenciales a altruistas privados en busca de una terminal para hacer negocios con el estado. Una política que mire a la gente a los ojos y le pida perdón por Cromañón y Ferreyra y Once y La Plata con lágrimas verdaderas.

jueves, 2 de mayo de 2013

Tasas Chinas 2.10: La política se muere de nostalgia

Audio del programa del martes 30. Una hora y media en tres partes: primera, segunda y tercera. Larga y descontracturada charla con Margarita Stolbizer sobre la oposición, la política nostálgica y la vida misma; entremés con Santiago Llach sobre Javier Cercas, rock star literario y columna de Olivera: introducción al blue.

Playlist completa con versiones remixadas y originales, acá.

lunes, 29 de abril de 2013

Breve historia del cepo

(Publicada el 28 de abril de 2013 en Clarín)

En una charla radiofónica sobre Vamos por todo, el libro que escribí con Marcos Novaro y que acaba de publicar Sudamericana, decía que, a contramano del impulso natural de atribuir la deriva económica reciente a decisiones recientes, la realidad suele tener una manera más sinuosa –y, en todo caso, más lenta– de gestarse. Por ejemplo, decía, el origen del cepo cambiario se retrotrae al menos a la intervención del INDEC en enero de 2007. Gustavo Noriega, mi anfitrión radial, me pidió precisiones sobre este eslabonamiento. Lo que sigue es un modesto intento de responder a ese pedido. 

En 2006, vale recordar, Argentina ahorraba en pesos. En particular, para protegerse de una inflación ya en los dos dígitos, ahorraba en bonos y depósitos indexados al CER, un coeficiente de actualización en base a la inflación minorista lanzado a principios de 2002 precisamente para facilitar el ahorro y la inversión en un ambiente inflacionario. 

En 2006, también vale recordar, entraban capitales al país: inversiones especulativas en bonos indexados e inversión directa en la economía real. Sobraban dólares, que el banco central absorbía mediante la acumulación de reservas. Sobraban por el alto precio de la soja y porque los ahorristas argentinos, y muchos extranjeros, dejaban parte de su dinero en el país. Y en pesos. Hoy la soja sigue alta, pero los ahorristas no ven la hora de salir. 

En 2006, la inflación que se venía incubando desde 2004 –la misma que llevó en 2005 al entonces ministro Lavagna a sugerir que el crecimiento no inflacionario argentino estaba más cerca de 6% que del 9% verificado– se contuvo transitoriamente con un acuerdo de precios que, como el congelamiento actual, fue un analgésico que, sin otras medidas correctoras, sólo postergó los aumentos por unos meses, acumulándolos. Así, en enero de 2007 la variación mensual del IPC estuvo cerca del 2%, precipitando la intervención del INDEC. 

La manipulación del IPC tuvo dos efectos sobre el ahorro en pesos. El primero fue la percepción, alimentada por el gobierno, de un default encubierto. Según el relato oficial, la operación apuntó a reducir los pagos (y el stock) de la deuda pública, de la que en 2007 el 40% ajustaba por inflación. Según esta versión, las críticas a los cambios en el INDEC eran fogoneadas por ahorristas en pesos indexados que se beneficiaban de una mayor inflación –en confabulación con sus cómplices, los funcionarios desplazados por el gobierno. A pesar de ser una racionalización tardía cocinada para las elecciones de 2007, esta explicación (“dibujamos la inflación porque queremos pagar menos”) se incorporó al dogma kirchnerista y fue versión oficial por varios años (hasta que, más recientemente, abrumado por la evidencia, el gobierno tiró la toalla y simplemente dejó de mencionar el tema). No sorprende entonces que el riesgo país argentino, tras un fugaz coqueteo con el brasileño en enero de 2007, haya sufrido el golpe de la manipulación del IPC, derrapando gradualmente a niveles de default y dejando al país afuera de los mercados de capitales a pesar de su solvencia financiera y del promocionado desendeudamiento. 

El segundo efecto de la manipulación del IPC fue la eliminación de instrumentos de ahorro en pesos. Desde 2003, el Banco Central mantuvo las tasas de interés deliberadamente bajas (más precisamente, por debajo de la inflación esperada) con el fin de acelerar la recuperación. Esta decisión, posiblemente acertada a la salida de la recesión, favoreció el consumo a expensas del ahorro: si un depósito me paga menos que la inflación y mis ahorros pierden poder de compra con el tiempo, tengo incentivos para consumir más hoy, en vez de ahorrar hoy para consumir más en el futuro. La indexación a la inflación (por ejemplo, el depósito indexado el CER) era en 2006 la única manera de evitar esta desvalorización del ahorro. La manipulación del IPC significó que esta indexación ya no fuera a la inflación genuina sino a un número arbitrario que el gobierno informaba mes a mes. Así, el ahorrista argentino se vio ante la incómoda disyuntiva de consumirse sus ahorros o ahorrar en pesos con un retorno real crecientemente negativo. O, por último, ahorrar exclusivamente en dólares. 

Fue la combinación de estos dos factores (falta de instrumentos de ahorro y percepción de un default implícito y permanente a los ahorristas en pesos, ambos fruto de la intervención del INDEC) lo que originó la salida de capitales y la falta de financiamiento externo que puso en marcha el proceso (escasez de dólares, caída de reservas, expectativas de devaluación, más salida de capitales) que gatilló el cepo cambiario a fines del 2011. 

La inflación crónica jugó un rol accesorio en esta historia: a fines de los 80 y principios de los 90 Colombia vivió con inflación entre 20% y 30%, pero con tasas de interés reales positivas evitó la dolarización y la fuga de ahorros. La apreciación del peso también tuvo un papel secundario. Basta mirar cómo países como Brasil o Colombia, aún con apreciaciones y déficits de cuenta corriente mayores a los nuestros, enfrentan hoy el problema opuesto: un exceso de oferta de dólares que los obliga a acumular reservas. La diferencia entre ellos y nosotros no está en la competitividad de nuestras exportaciones sino en la competitividad de nuestra moneda como reserva de valor: hoy el peso es sinónimo de desahorro. 

De lo anterior surge –espero– que una devaluación, si bien descomprimiría transitoriamente la presión cambiaria, no solucionaría el problema de fondo. Imaginemos, hipotéticamente, una devaluación real convencional: un dólar recontraalto que se traslade sólo parcialmente a la inflación. Es decir, un tipo de cambio tan alto que a partir de allí, por un tiempo, el dólar sólo pueda mantenerse estable o incluso caer. En ese caso, una tasa de depósitos del 15% con una inflación del 25% nos daría un retorno negativo en pesos reales (perderíamos en un año el 10% del poder de compra de nuestros ahorros) pero positivo en dólares (ganaríamos el 15%). Una situación parecida a la de 2007, cuando ahorrar en pesos era apenas el mal menor. Pero, con el tiempo, la inflación volvería a apreciar al peso, el dólar ya no se vería tan estable y la redolarización retornaría con fuerza. 

Imaginemos, en cambio, un depósito que pagara una tasa de interés igual a la inflación genuina, como era el caso a fines de 2006. Es cierto que el inversor más sofisticado o con espíritu especulador miraría la evolución del dólar para elegir la denominación de sus ahorros. Pero la mayoría de las familias suscribirían un instrumento que les permita acumular ahorros sin que se los coma la inflación. Tasas reales positivas (o, al menos, neutras) exigirían, claro, una menor emisión monetaria: después de todo, las tasas bajas no son más que la contracara del tsunami de pesos. El gobierno tendría que buscar formas alternativas de financiamiento, pero muchos de los pesos que hoy buscan dólares en las cuevas a cualquier precio irían al banco, quitándole combustible a la corrida y favoreciendo el crecimiento y los ingresos fiscales. El mismo efecto sobre la tasa real tendría, cabe aclarar, una deseable pero, en el corto plazo, improbable caída de la inflación. 

Nos estamos hablando de una utopía, sino de lo que sucedía en Argentina hace apenas seis años, o de lo que sucede hoy en los países vecinos. La intervención del INDEC acabó con eso.

viernes, 26 de abril de 2013

Vamos Por Todo en la Feria del libro


Los espero el domingo en la Feria.


Invita a la presentación del libro

Descripción: VAMOS POR TODO (EDUARDO LEVY YEYATI - MARCOS NOVARO)

VAMOS POR TODO

de

Eduardo Levy Yeyati y Marcos Novaro

Presentarán: Ernesto Tenembaum, Juan Tolkatlian y los autores

Domingo 28 de abril – 19:30 hs.
Sala Victoria Ocampo- Pabellón blanco
Feria del Libro – La Rural

Al finalizar la charla, los autores firmarán ejemplares del libro en el Stand de RHM (Pabellón verde)



Invitación impresa válida para ingresar a la Feria del Libro


miércoles, 24 de abril de 2013

Tasas chinas 2.9: Política nostálgica

Les dejo el audio del extra largo programa de ayer, en tres partes: una, dos y tres. Nos visitó German Lodola para hablar de cultura política (en particular, del informe Vanderbilt que acaban de publicar la UTDT y CIPPEC), de la política de marchas y de las virtudes del kirchnerismo. No nos alcanzó el tiempo y usamos 20 minutos del programa siguiente. Prometió volver.

Todo bañado por un soundtrack étnico, que les dejo acá.


La novela de Jennifer Egan es ésta. Las voces y efectos especiales son de Monty Python.

domingo, 21 de abril de 2013

Salida, fuga y lavado de dinero

Un post breve que es como un tuit largo. El otro dia en Plan M, el programa de Maximiliano Montenegro, noté con preocupación que no sólo el gobierno confunde los tres conceptos del título. Vale entonces una aclaración.

Hay salida de capitales, por ejemplo, cuando  viajo a Miami (o hago el Camino del Inca) y pago con tarjeta de banco argentino, o cuando pago una deuda con el exterior (ambas operaciones en banco registradas en el sistema bancario e informadas al Banco Central). Hay fuga de capitales, por ejemplo, si dolarizo mis ahorros girando dinero de una cuenta argentina a una cuenta en el exterior (como hizo Néstor con los fondos que ligó Santa Cruz por la privatización de YPF en los 90) o si compro dólares en un banco o en una casa de cambio y los guardo en una caja de seguridad o en la mesita de luz (de nuevo, operaciones registradas en el sistema bancario e informadas al Banco Central). La distinción entre salida y fuga es sutil, como señalábamos hace un tiempo en esta vieja columna en Clarín (que por suerte guardó taringa). Pero el dinero declarado en el exterior o la compra de títulos públicos en el mercado local (y su eventual venta en mercados internacionales) son situaciones legales (y de hecho cotidianas en todas partes del mundo) del mismo modo en que lo son los pagos que el gobierno hace para suplir el déficit energético o servir la deuda externa, o la transferencias (seguramente registradas) que hicieron Etchegaray o Kicilloff para adquirir sus propiedades uruguayas.

Lavado de dinero, en cambio, es blanqueo de dinero negro, fruto de ganancias de actividades delictivas (incluyendo coimas) no registradas, que se "registran" como ganancia, por ejemplo, mediante la compraventa de activos (subestimando el precio de compra o inflando el de venta o ambas cosas) para ser incorporada (blanqueada) en el patrimonio del receptor (por ejemplo, de la coima) como en el blanqueo promovido por Etchegaray en 2009 (en el que se perdonaba el negreo pasado a cambio del cobro de un módico impuesto; una suerte de lavado legal).

sábado, 20 de abril de 2013

Realidad, relato, reality

(Publicada en Diario Perfil el 20 de abril de 2013 en la serie Tasas Chinas, que refrtita el material de las intros de mi programa en Radio UBA).

Después de un mes en el primer mundo, vuelvo a Buenos Aires buscando la pausa. Pero la pausa se pierde en la vorágine del modelo. En treinta días llevamos un mate al Vaticano, sufrimos el diluvio con el arca llena de agujeros y, con los colchones todavía húmedos, dimos un paso hacia la justicia plesbicitaria. Para colmo, el Pepe nos trató de viejos y tuertos (al menos no nos llamó ladrones). Y en un segundo plano borroso, la economía se hunde en mares de gofio sacándole la lengua al 5% soñado por los analistas de estado; contamos mal los dólares de la soja y el barrilete blue sube dos metros para bajar uno.

Difícil la pausa. Argentina está desbocada. Arrastra los piés pero mueve mucho las manos. La gestión ya no es acción sino dicción, y se discuten reformas de una década en unos pocos meses preeleccionarios. No terminamos de contar los muertos para lanzar la próxima consigna. La realidad corre delante de nosotros como un animal enjaulado.

¿Puede una tragedia de estas dimensiones precipitar un cambio en la manera en que se hace política en Argentina? Tuiteaba esto hace un par de semanas en referencia a las inundaciones, más precisamente en referencia a las decenas de muertos por las inundaciones –al hecho de que, a pesar de que la mayoría, si no todas esas muertes era evitables, el debate en la clase política se centraba en explicar dónde estaban durante el siniestro y qué tan rápido habían vuelto para sacarse la foto entregando un colchón. Casitas inundadas, a votar.

Hace unos días, en la cena aniversario de CIPPEC, Robert Cox recordaba sus conversaciones con Videla, pensando en los 30 años de democracia. A 30 años de la recuperación de la democracia, los grandes temas son el dólar blue, desplazado de los titulares por las inundaciones, desplazadas por las pecheras de la cámpora, desplazadas por la democratización de la justicia, desplazada por las confesiones de Fariña. No es fácil hablar de nada de esto sin caer en el lugar común, en la indignación o el regodeo. La catarata de tragedias, imposiciones y curros nos nubla el sueño de la democracia, nos acorta la vista, nos aplasta contra el presente. Nos caga el festejo.

Una sociedad asciende desde la brutalidad hasta el orden, dice Paul Valery. Como la barbarie es la era del hecho, es necesario que la era del orden sea el imperio de las ficciones. Esto es así porque no hay poder capaz de fundar el orden con la sola fuerza física. Se necesitan fuerzas ficticias. El Estado centraliza el relato, dice Piglia, parafraseando a Valery; el Estado narra. El poder político está siempre imponiendo una manera de contar la realidad, de contar no la Historia sino historias. ¿Cuáles serían esas historias en Argentina?, le preguntan a Piglia. El complot, la conspiración, el relato paranoico, la amenaza golpista, responde. El año es 1984.

En Nadando a Camboya, el unipersonal de Spalding Gray filmado por Jonathan Demme en 1987, Gray relata su experiencia en la filmación de Los Gritos del Silencio, la película de Roland Joffe sobre el retiro de las tropas estadounidense en 1975 dejando a Camboya a merced de esa mezcla de revolución cultural y colectivización agrícola con la que Pol Pot y su Khmer Rouge quisieron superar a Mao causando la muerte de 2 millones de camboyanos. Diez años despúes, al momento de hacer el film, cuenta Gray, Pol Pot resistía con 30 mil soldados apoyados por fondos americanos, como retén contra los vietnamitas que ocupaban Camboya como respuesta defensiva contra los chinos, o eso decían. Cuenta Gray que Joffe, el director, a quien describe como un ingenuo creyente, en un momento le dice: “Espero que este film deje en claro que la moral no es un feriado móvil” (a moveable feast). Gray, un depresivo que terminó sus días neoyorquinos arrojándose al Hudson, apunta esto con amarga ironía.

Argentina es el imperio de las ficciones. En la era del yuyo, la moral transversal del kirchnerismo es un feriado móvil. El relato reescribe la realidad y purifica cualquier pecado de conciencia.

Pero la fariñización del robo y lavado de dinero público inaugura un nuevo estadio del relato: el reality. Lleva el debate sobre la corrupción a la cama de pilates. Masifica pero banaliza. O banaliza pero masifica. Suerte de Mancha de Rolando en reversa, el reality fariñabaez le quita cool a la política y le agrega morbo.

¿Puede una tragedia de estas dimensiones precipitar un cambio en la manera en que se hace política en Argentina? La mayoría de las muchas respuestas oscilaron entre la ironía y la condescendencia. La década ganada nos ha dejado demasiado cerca del que se vayan todos del 2002, cerca del cacerolazo, que es casi el destierro del lenguaje. Pero si pensamos que la política no tiene arreglo, la política no tendrá arreglo.