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Más de una vez, al discutir con institucionalistas (pensadores que creen que las instituciones preceden al desarrollo, y que señalan la volubilidad vernácula de contratos y reglas como una razón fundamental de -parafraseando un clásico de la historia económica argenta- nuestros ciclos de ilusiones y desencantos), insisto en la endogeneidad de las instituciones, recordando hitos tales como la pesificación (en rigor, la dolarización) del los contratos gringos tras la salida del patrón oro, y su inmediate convalidación por la Corte Suprema (uno de mis ejemplos favoritos en el histérico 2002), o, más en general, la causalidad inversa entre crisis y desarrollo institucional (tal como lo miden los institucionalistas del Banco Mundial) fácilmente verificable con un par de regresiones.